La hegemonía que llega hablando de cooperación
Mi columna de esta semana en Invertia se titula «China no quiere conquistar el mundo: quiere que el mundo elija depender de China» (pdf), y trata sobre el discurso pronunciado por Xi Jinping en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghai, en el que presentó a su país como defensor de una inteligencia artificial abierta, multilateral, accesible y orientada al beneficio de toda la humanidad.
El momento elegido no podría ser más significativo. Mientras Estados Unidos plantea la inteligencia artificial como una carrera que debe ganar y diseña una estrategia para exportar al resto del mundo paquetes tecnológicos completos (chips, centros de datos, modelos, aplicaciones y estándares controlados por compañías norteamericanas), Xi habla de cooperación, código abierto, transferencia de capacidades y ayuda al Sur Global. Frente al claramente suicida, simplista y estúpido «America First», China propone aparentemente una gran sinfonía internacional.
No es difícil comprender por qué ese mensaje puede resultar atractivo. Para muchos países, la oferta estadounidense consiste básicamente en utilizar modelos cerrados, pagar por capacidad de computación ajena, depender de infraestructuras situadas en otras jurisdicciones y aceptar que Washington pueda modificar en cualquier momento las condiciones de acceso. La propuesta china, en cambio, ofrece modelos más baratos y abiertos que pueden descargarse, adaptarse a idiomas locales y ejecutarse con una autonomía mucho mayor.
Los últimos avances de compañías como DeepSeek, Zhipu o Moonshot muestran que esto no es simplemente propaganda. El lanzamiento de Kimi K3, capaz de competir con algunos de los mejores modelos estadounidenses y distribuido abiertamente, confirma que China ha convertido el código abierto en un instrumento formidable de difusión tecnológica. Más que intentar vender una licencia a cada usuario, pretende conseguir que desarrolladores, empresas y gobiernos construyan sobre sus modelos.
Esa estrategia puede democratizar realmente el acceso a la inteligencia artificial. Puede reducir costes, debilitar el oligopolio de las compañías estadounidenses y permitir que países que nunca podrían financiar un modelo de frontera desarrollen aplicaciones propias. China está pasando de ser considerada una imitadora a convertirse en un enorme laboratorio de adopción masiva, capaz de integrar la inteligencia artificial en la industria, la educación, la sanidad, la administración y prácticamente cualquier actividad económica.
Pero confundir esa utilidad con altruismo sería de una ingenuidad extraordinaria. China no ofrece tecnología abierta porque haya descubierto una vocación filantrópica, sino porque la apertura crea ecosistemas, establece estándares y genera dependencias. Un país puede descargar libremente un modelo y, sin embargo, terminar dependiendo de chips, nubes, herramientas de desarrollo, actualizaciones, sistemas de seguridad o infraestructuras de comunicaciones controladas por proveedores chinos.
La dependencia más eficaz no es la que se impone, sino la que parece racional. China no necesita conquistar países ni obligarlos a adoptar su tecnología: le basta con convertirse en la opción más barata, accesible y funcional. Cuando la alternativa norteamericana exige pagar más, renunciar a más autonomía y aceptar condicionantes políticos, la decisión se toma prácticamente sola.
Xi prometió miles de plazas de formación, centros internacionales de cooperación y herramientas basadas en inteligencia artificial para países en desarrollo. También presentó la nueva organización mundial promovida desde Shanghai como una alternativa a un orden tecnológico dominado por unas pocas potencias y compañías. La iniciativa pretende situar a China como interlocutor natural del Sur Global y como garante de que la inteligencia artificial no se convierta en un nuevo mecanismo de exclusión. La cobertura internacional de su discurso deja muy clara esa ambición, y es además completamente coherente con su visión expresada en 2022, «China no puede desarrollarse sin el mundo, y el mundo también necesita a China».
¿Significa eso que China es un socio fiable? No necesariamente. El mismo país que habla de una inteligencia artificial «para el bien y para la humanidad» mantiene uno de los sistemas de censura y vigilancia digital más sofisticados del mundo. El gobierno chino está utilizando la inteligencia artificial para hacer más eficientes e intrusivos sus mecanismos de control social, y sus modelos deben respetar restricciones políticas muy precisas sobre asuntos como Tiananmen, Taiwán, Xinjiang o el liderazgo del Partido Comunista.
La insistencia de Xi en que la inteligencia artificial debe permanecer «segura y controlable» puede parecer razonable, pero en el contexto chino significa también «subordinada al Estado». La apertura del código no implica necesariamente apertura política, neutralidad ideológica ni ausencia de mecanismos de censura. Un modelo puede ser técnicamente modificable y continuar incorporando sesgos, restricciones o prioridades derivadas del entorno en el que fue creado.
Tampoco Estados Unidos puede presentarse convincentemente como el guardián de una tecnología libre. Sus compañías concentran modelos, datos, chips y capacidad de computación, mientras su gobierno utiliza sanciones, controles de exportación y jurisdicción extraterritorial para preservar su ventaja. Su propuesta de libertad suele significar, en la práctica, libertad para contratar servicios de empresas estadounidenses en las condiciones que ellas establezcan.
Por eso, la verdadera pregunta no es si el mundo estará mejor si China gana. Sustituir una hegemonía tecnológica por otra difícilmente puede considerarse una victoria. El escenario deseable es uno en el que la competencia china rompa oligopolios, reduzca precios y abra posibilidades para que Europa, India, América Latina, África y el sudeste asiático construyan capacidades propias, combinen tecnologías de distintos orígenes y puedan cambiar de proveedor cuando lo consideren conveniente.
China puede contribuir decisivamente a ese mundo más multipolar. Pero aprovechar su oferta exige abandonar cualquier fantasía paternalista. Pekín no pretende ayudarnos porque sea bueno, del mismo modo que Washington nunca extendió su tecnología por generosidad. Ambos buscan influencia, mercados y capacidad para definir las reglas.
La gran habilidad de China consiste en haber comprendido que, cuando la potencia dominante empieza a cerrar puertas y a comportarse como un guardián celoso de sus privilegios, no hace falta presentarse como conquistador. Basta con ofrecer cooperación. El desafío para el resto del mundo es aceptar esa cooperación sin confundirla con benevolencia y, sobre todo, sin cambiar una dependencia por otra.
