El petróleo que no había bajo tierra
La vieja industria petrolera podría terminar encontrando su redención no en extraer más hidrocarburos, sino en aprovechar los agujeros que dejó atrás.
El petróleo, por definición, estaba bajo tierra. Pero el verdadero valor que podría esconder el subsuelo no sería ya el crudo, sino el calor geotérmico accesible gracias a los millones de pozos perforados (y en muchos casos, abandonados) por la industria fósil. Mi título intenta provocar precisamente esa inversión conceptual: después de décadas excavando para extraer carbono, descubrimos que lo verdaderamente útil quizá era otra cosa. Además, tiene un matiz irónico: la industria petrolera llevaba décadas buscando riqueza bajo tierra, pero podría haber pasado por alto que la oportunidad más sostenible no era el petróleo en sí, sino la infraestructura creada para acceder al subsuelo.
El pasado octubre escribí sobre la idea de que las renovables están, literalmente, por todas partes: sobre nuestras cabezas, en el viento, en las mareas, en las baterías, y también bajo nuestros pies, en forma de una energía geotérmica que hasta hace poco parecía condenada a ser una curiosidad limitada a lugares muy concretos. La cuestión, como planteaba entonces, no es si tenemos energía disponible, sino por qué seguimos empeñados en quemar cosas para obtenerla cuando existen alternativas más limpias, más baratas y tecnológicamente cada vez más evidentes.
La novedad interesante es que una parte de esa oportunidad podría estar precisamente en el legado físico de la industria que más ha contribuido a retrasar la transición energética: millones de pozos de petróleo y gas, muchos de ellos abandonados, improductivos o sin propietario responsable, que hoy son un problema ambiental, económico y regulatorio. Un interesante artículo de Wired, «Old oil and gas wells could find second life producing clean energy«, plantea una idea tan simple como provocadora: reutilizar parte de esos pozos para producir energía geotérmica, calefacción limpia o incluso almacenamiento energético subterráneo. No se trata de ciencia ficción, sino de proyectos piloto, cambios regulatorios y estudios técnicos ya en marcha en estados como Oklahoma, New México, Alabama, North Dakota, Pennsylvania o Colorado.
La lógica es poderosa: si ya hemos perforado el subsuelo, si ya conocemos buena parte de su geología, si ya existen datos, trabajadores, equipos, permisos e infraestructuras, ¿por qué no intentar convertir una parte de ese pasivo en un activo? La geotermia no tiene la espectacularidad fotogénica de los paneles solares ni la iconografía de los aerogeneradores, pero posee una característica enormemente valiosa: puede generar energía o calor de forma continua, sin depender de que sople el viento o brille el sol. El World Resources Institute la describe como una fuente capaz de aportar electricidad limpia 24/7 y servicios esenciales para una red descarbonizada, precisamente porque no está sujeta a las mismas restricciones meteorológicas que la solar o la eólica.
La Agencia Internacional de la Energía va más lejos: sostiene que la industria del petróleo y el gas posee una parte muy significativa de las capacidades necesarias para escalar la geotermia de nueva generación, desde la perforación y la ingeniería de yacimientos hasta la monitorización, la gestión de proyectos y las cadenas de suministro. Según la IEA, hasta un 80% de la inversión necesaria en un proyecto geotérmico tiene relación con capacidades ya existentes en esa industria. En otras palabras: la transición no exige necesariamente tirar por la borda todo el conocimiento acumulado por el sector fósil, sino dejar de utilizarlo para seguir agravando el problema.
La idea tiene además una dimensión casi irónica. Durante décadas, el petróleo y el gas perforaron la corteza terrestre para extraer carbono enterrado y liberarlo a la atmósfera. Ahora, esas mismas técnicas de perforación horizontal, sensores, modelización geológica y gestión de fluidos pueden servir para hacer circular agua por formaciones calientes y extraer calor sin combustión. En mi artículo anterior mencionaba el caso de Fervo Energy y los sistemas geotérmicos mejorados, que toman técnicas procedentes del fracking y las redirigen hacia un fin completamente distinto: no fracturar para obtener hidrocarburos, sino para acceder a calor renovable. Esa inversión conceptual es, probablemente, una de las más interesantes de la transición energética.
Pero conviene evitar el entusiasmo ingenuo: no todos los pozos abandonados sirven. Muchos no son suficientemente profundos, otros no alcanzan temperaturas adecuadas, otros presentan problemas de integridad, corrosión o contaminación, y en muchos casos los caudales no bastan para producir electricidad de forma rentable. Wired lo subraya claramente: la oportunidad existe, pero está todavía lejos de ser una solución masiva y estandarizada. Probablemente su primer campo de aplicación no sea tanto la generación eléctrica a gran escala como el uso directo del calor: escuelas, viviendas, invernaderos, campus universitarios, procesos industriales o redes de calefacción local.
El ejemplo de Tuttle, en Oklahoma, resulta particularmente sugerente: el programa Wells of Opportunity del Departamento de Energía de los Estados Unidos trabaja precisamente en reutilizar pozos de hidrocarburos para suministrar calor a escuelas públicas y viviendas cercanas. No es una megaplanta ni una promesa grandilocuente: es algo mucho más interesante, una solución local, distribuida, que convierte infraestructura muerta en utilidad pública.
Ahí está, a mi juicio, la parte más provocadora del asunto. Durante años hemos tratado los pozos abandonados como un coste inevitable, como un agujero (nunca mejor dicho) que alguien tendrá que sellar con dinero público cuando la empresa responsable ya no exista, haya quebrado o haya desaparecido tras sucesivas ventas de activos. El Departamento del Interior estadounidense reconoce que estos pozos suponen riesgos para la seguridad pública y el medio ambiente, y la IEA incluye ya los pozos y minas abandonados dentro de su contabilidad global de emisiones de metano.
La pregunta, por tanto, no es solo energética: es institucional. ¿Vamos a seguir permitiendo que la industria fósil socialice sus costes de cierre mientras privatiza sus beneficios de extracción? ¿O vamos a exigir que parte de ese legado se convierta, cuando sea técnicamente posible, en infraestructura útil para la transición? La geotermia en pozos abandonados no va a resolver por sí sola el problema energético mundial, pero puede hacer algo quizá igual de importante: cambiar la narrativa. Convertir un símbolo de extracción, contaminación y abandono en uno de reparación, reutilización y generación limpia.
La transición energética no será una sustitución limpia y ordenada de unas tecnologías por otras. Será, en muchos casos, una batalla por reinterpretar infraestructuras existentes. Redes eléctricas, tejados, aparcamientos, minas, embalses, baterías de vehículos, centros de datos, pozos petroleros: todo puede convertirse en parte de un sistema energético distinto si dejamos de pensar con las categorías del siglo XX. La geotermia aplicada a antiguos pozos de petróleo y gas es precisamente eso: una forma de mirar un residuo industrial y preguntarse si, en lugar de enterrarlo o ignorarlo, puede convertirse en una pieza de la solución.
No deberíamos caer en el error de venderlo como una panacea. Reutilizar pozos exigirá mapas geológicos rigurosos, estándares de seguridad, regulación específica, monitorización, transparencia, financiación y una evaluación caso por caso. También exigirá evitar que la palabra «geotermia» se convierta en una coartada reputacional para empresas que siguen ampliando su negocio fósil. Pero sería absurdo no explorar una oportunidad que combina energía limpia, reutilización de activos, reducción de pasivos ambientales, empleo para trabajadores del petróleo y gas, y generación distribuida.
Lo verdaderamente intrigante es que la industria que durante décadas excavó el problema podría tener bajo sus pies parte de la solución. No porque haya que absolverla, ni porque de repente debamos creer en su reconversión milagrosa, sino porque la transición energética será mucho más rápida si aprovechamos todo aquello que pueda ser reaprovechado. Incluso los agujeros.
This article is also openly available in English on my Medium page if you use this link, «A geothermal redemption: could the oil industry transform orphaned wells into sources of renewable energy?»
