El mito se rompe: los vehículos eléctricos son más fiables y reparables que los de combustión

IMAGE: A roadside scene where an electric car is being quickly serviced by a technician, while a petrol car in the background appears more complex to handle, highlighting the simplicity and reliability of electric vehicles

La transición hacia la movilidad eléctrica siempre ha venido acompañada de una serie de mitos que, con los años, han anclado en la percepción pública una idea: que los coches eléctricos son supuestamente frágiles, susceptibles de averías y, sobre todo, propensos a dejarte tirado en la carretera. Nada más lejos de la realidad. Ahora, los datos empíricos están desmontando de forma sistemática y contundente ese relato tradicional.

Recientes cifras provenientes de la AA y Autotrader en el Reino Unido muestran que, en caso de avería, los vehículos eléctricos tienen muchas más probabilidades de ser reparados in situ que los coches de gasolina o diésel. El estudio de más de dos mil conductores revela que, contrariamente al temor de muchos consumidores, especialmente entre los mayores de 75 años, los vehículos eléctricos no sólo no representan un riesgo mayor de quedarse tirados, sino que además, las asistencias en carretera logran solucionar sus problemas en muchas más ocasiones que en vehículos con motor de combustión interna. El problema más común para los coches tradicionales, la batería de 12 V, resulta ser mucho más habitual que cualquier «fallo de batería» en un vehículo eléctrico.

Esta constatación no es un caso aislado. Mi experiencia es la misma: las escasas averías que ha tenido mi vehículo eléctrico se han saldado con una visita de un taller móvil a mi domicilio, que las ha solucionado en menos de media hora. Organizaciones como el ADAC, el club automovilístico más grande de Europa, han documentado que los coches eléctricos registran muchas menos averías que los modelos de combustión en sus primeros años de vida, y que esa tendencia persiste a medida que los vehículos eléctricos maduran tecnológicamente. Las razones son claras: un motor eléctrico tiene muchos menos componentes móviles que un motor de gasolina, no requiere aceite, y está sometido a menos tensiones térmicas.

Las conclusiones se alinean con estudios que señalan una vida útil de los vehículos eléctricos comparable o incluso superior a la de los coches de combustión, basados en análisis de millones de registros técnicos de inspecciones periódicas. Esta longevidad no solo rebate el mito de que un eléctrico «se rompe antes», sino que además sugiere que los beneficios ambientales del vehículo eléctrico se consolidan también desde la perspectiva de la durabilidad y la eficiencia a largo plazo.

A pesar de esto, la percepción pública sigue rezagada. Las encuestas muestran niveles significativos de preocupación entre los consumidores sobre quedarse tirados o enfrentarse a supuestas reparaciones complejas (la soberana estupidez de «ya verás cuando tengas que cambiarle la batería…») Esa preocupación tiene poca o ninguna base en datos reales: por ejemplo, la incidencia de que un EV se quede sin carga y necesite asistencia ha caído drásticamente durante la última década, y representa solo una fracción de los casos atendidos por las asistencias de carretera.

El cambio en la fiabilidad de los vehículos eléctricos no se debe únicamente a la simplicidad mecánica. Además, el ecosistema de mantenimiento y reparaciones ha evolucionado rápidamente: una proporción abrumadora de talleres ya está equipada para atender vehículos eléctricos, y las infraestructuras de soporte, como puntos de carga públicos, están creciendo a ritmos sostenidos.

Hay quienes aún citan estudios antiguos o datos sesgados que sugieren que los vehículos eléctricos tienen más fallos que los coches tradicionales, pero la mayoría de esos análisis no ponderan adecuadamente ni la evolución tecnológica, ni la naturaleza de las averías. Muchas de esas estadísticas provienen de encuestas de usuarios o de flotas antiguas y no representan con fidelidad la realidad actual del parque automovilístico eléctrico moderno.

Aceptar que los vehículos eléctricos son más reparables y, en la mayor parte de los casos, más fiables que los de combustión, es asumir que la narrativa dominante sobre el «riesgo de quedarse tirado» se ha quedado obsoleta. Este no es un detalle menor: la confianza en la experiencia de uso es un factor clave para acelerar la adopción de tecnologías sostenibles. Los hechos ya están sobre la mesa y muestran que el eléctrico no solo gana en sostenibilidad, sino también en robustez operativa.

En un momento en el que debatimos qué tecnologías merecen inversión pública y privada, negar la evidencia sobre la superior reparabilidad y fiabilidad de los EV es perpetuar un prejuicio que, si se mantiene, solo retarda una transición esencial hacia sistemas de transporte más eficientes, limpios y, sí, también más confiables.

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