Cuando el planeta pisa el acelerador: de la emergencia climática a la ruleta rusa
Durante años nos hemos acostumbrado a una narrativa casi lineal del calentamiento global: seguimos emitiendo, la temperatura sube, y si hacemos los deberes quizá nos quedemos en esos 2 ó 3ºC que salvo a los idiotas que confunden el clima (the climate) con el tiempo (the weather), ya dan miedo solo de escribirlos. El problema es que la realidad (la física, los datos y, sobre todo, los registros de los últimos tres años) está empezando a romper esa falsa comodidad. Lo que parecía una rampa constante se está pareciendo cada vez más a un acelerón, y cuando aceleras en un sistema lleno de umbrales, no avanzas: te arriesgas a caer por un precipicio.
La pieza interactiva sobre este tema de The Washington Post es especialmente inquietante no por el dramatismo (de hecho, es bastante sobria), sino por lo que sugiere al mirar la película completa: el ritmo de calentamiento que durante décadas fue relativamente estable ha subido de escalón, y los récords de 2023, 2024 y 2025 no parecen ya «un bache estadístico» que podamos atribuir a variabilidad natural y seguir sin más con nuestra vida. El análisis, con datos de la NASA, apunta a un aumento claro del ritmo (con ese salto del entorno de 0.19ºC por década a ~0.27ºC por década en la última década), y además recoge algo que debería darnos mucho miedo: que el pasado deja de ser un predictor fiable del futuro. Porque si la pendiente cambia, todo el debate político y empresarial basado en «tenemos tiempo» se convierte en humo.
Parte de esa aceleración tiene su explicación en algo que, paradójicamente, es una buena noticia mal digerida: reducir aerosoles contaminantes (por ejemplo, el azufre) salva vidas, pero también elimina parte del «parche» de enfriamiento que estaba ocultando una fracción del calentamiento real. Y, aun así, el reportaje del Post recoge otra hipótesis todavía más peligrosa: cambios en la nubosidad baja, una de las grandes incertidumbres del clima, que podrían estar actuando como retroalimentación positiva. Traducido al lenguaje llano: no es solo que hayamos quitado el freno sucio de los aerosoles, es que podríamos estar pisando el acelerador del propio sistema climático.
Aquí es donde la conversación deja de ser «cuánto subirá la temperatura» para convertirse en «qué piezas del ecosistema Tierra estamos a punto de desestabilizar», o incluso «cuáles hemos desestabilizado ya». Y por eso es importante poner el foco donde debería estar desde hace tiempo: en los puntos de inflexión climáticos y, sobre todo, en su capacidad de encadenarse. La idea de un «hothouse Earth« no es ciencia-ficción: es el nombre coloquial de un escenario en el que, una vez cruzados ciertos umbrales, el planeta entra en una trayectoria de auto-refuerzo que ya no depende de que sigamos emitiendo al mismo ritmo, porque el propio sistema empieza a devolverte calentamiento extra en forma de deshielo, pérdida de reflectividad, emisiones de carbono de suelos y bosques, debilitamiento de sumideros, etc.
Lo especialmente siniestro de los puntos de inflexión no es solo su existencia (eso ya lo sabe cualquiera que haya leído un mínimo), sino su interacción. Cuando un gran subsistema cambia de estado, puede empujar a otros. Y la literatura científica lleva tiempo insistiendo en ello: no estamos ante «fichas» aisladas, sino ante un dominó planetario con conexiones imperfectamente conocidas, pero con demasiadas señales de que muchas interacciones son desestabilizadoras. Una revisión en Earth System Dynamics lo resume con claridad: hay indicios de que numerosas interacciones entre elementos de inflexión tienden a amplificar el riesgo, y que las cascadas no pueden descartarse incluso en rangos de calentamiento relativamente «cercanos» a 1,5 ó 2ºC, dependiendo de escalas temporales y trayectorias.
La pieza clave que conecta la parte de «acelerón» con la de «dominó» es algo que rara vez ocupa titulares fuera de círculos científicos: el desequilibrio energético de la Tierra, es decir, cuánta energía entra y cuánta sale. Si ese saldo se hace más positivo, el sistema acumula calor (sobre todo en el océano) y ese calor, con retrasos y no linealidades, reconfigura el resto. En los últimos años ha crecido la atención sobre señales de que ese desequilibrio está aumentando más de lo que nos gustaría, con trabajos basados en observaciones satelitales (CERES) que apuntan a un incremento muy preocupante y a un papel relevante de las nubes en esa historia.
Si combinamos eso con la constatación ya rutinaria, tristemente, de que 2024 fue el año más cálido registrado y que 2025 se mantiene también en la cumbre del horror térmico, el mensaje es simple: no estamos «controlando» nada, posiblemente porque no estamos haciendo nada suficientemente serio. Copernicus y NASA han publicado sus evaluaciones recientes sobre temperaturas globales, con 2025 en el podio de los años más cálidos y una tendencia evidente.
Y viene la pregunta incómoda, la que nadie quiere formular en un parlamento ni en un consejo de administración: ¿qué pasa si el calentamiento no solo continúa, sino que entra en fase de «dinámica mala»? La investigación insiste precisamente en el riesgo de una trayectoria hacia «hothouse Earth« por la combinación de retroalimentaciones, umbrales inciertos y efectos en cascada. La incertidumbre, lejos de ser tranquilizadora, es un argumento para la precaución: cuando no sabes exactamente dónde está el borde del acantilado, no deberías seguir corriendo hacia adelante para confirmarlo.
Lo más perverso de este escenario es que no necesita una sola gran catástrofe espectacular para empezar: basta con una secuencia de degradaciones parciales que, sumadas, cambian el balance. Pérdida de hielo y de albedo en el Ártico, deshielo de Groenlandia con aporte de agua dulce, estrés crónico en el Amazonas reduciendo su capacidad de ser sumidero y acercándolo a un punto de transición, permafrost liberando dióxido de carbono, océanos acumulando calor y alterando patrones atmosféricos… Cada pieza tiene su propia dinámica, pero juntas pueden empujarse. Y eso no es un recurso retórico: es exactamente el tipo de «cascada» que la literatura sobre interacciones de puntos de inflexión considera plausible.
En mi etiqueta de «climate emergency» llevo tiempo insistiendo en que el debate está contaminado por una mezcla tóxica de negacionismo, cortoplacismo y una fe casi religiosa en que «alguien inventará algo». Cuando escribía que «la emergencia climática era esto«, lo hacía desde la constatación de que ya no hablamos de futuros lejanos, sino de impactos presentes que se cuelan en la vida de cualquiera, que se llevan por delante tu casa, tu vida o la de mucha gente. Lo hemos visto y lo seguiremos viendo.
Pero hay un giro adicional que cada vez me parece más útil para pinchar la burbuja del «ya veremos»: el económico. Hace poco escribía sobre el coste real de no hacer nada, y cómo incluso las métricas conservadoras se quedan cortas cuando incorporas daños que antes se dejaban fuera, como el océano, y cuando aceptas que los riesgos no son lineales. Esa idea conecta directamente con los puntos de inflexión: el error más grave de muchos modelos políticos y económicos no es que calculen mal una media, sino que ignoran colas de distribución, umbrales y eventos de ruptura. Es decir, ignoran precisamente aquello que te puede tirar el sistema entero.
La trampa mental más peligrosa, y la que conviene desactivar ya, es esta: pensar que esos 2 ó 3ºC son el techo de lo malo. No lo son. Son, en el mejor de los casos, la autopista hacia un mundo climáticamente mucho más violento, como de hecho llevamos tiempo comprobando. Y en el peor, el umbral que activa mecanismos que nos empujan a algo cualitativamente distinto, más persistente y más hostil, con siglos o milenios de inercia. Por eso el concepto de «hothouse Earth« es tan incómodo: porque rompe la fantasía de que siempre podremos «corregir» más adelante, como si el clima fuese un termostato que subes y bajas a voluntad. No lo es. Es un sistema complejo con memoria, con ausencia de linealidades y con puntos de ruptura.
La pregunta, entonces, no es si «podemos permitirnos» actuar, o cuánto cuesta. Es al revés: si podemos permitirnos seguir tolerando que una minoría de intereses fósiles, su red de propaganda y sus cómplices políticos nos mantengan en una trayectoria donde la prudencia básica exigiría frenar en seco. Y aquí la conversación se vuelve explícitamente moral, pero también estratégicamente racional: cuando el riesgo es sistémico y el daño potencial es a escala de civilización, la inacción no es una opción «neutral», es una apuesta extrema. Una apuesta hecha con el planeta como ficha… y con todos nosotros sentados encima.
Si además, como sugieren varias señales recientes, la fase 2023–2025 no ha sido solo una anomalía estadística sino el inicio de una nueva pendiente, entonces lo que viene no es «más de lo mismo»: es menos margen, más velocidad y mayor probabilidad de cruzar umbrales sin siquiera darnos cuenta de cuándo lo hicimos. Y esa es quizá la parte más aterradora: que el «punto de no retorno» no llega con sirenas de emergencia. Llega un martes cualquiera, con una gráfica que cambia de inclinación y con los políticos… hablando de cualquier otra cosa.
