Inteligencia artificial en Europa: más productividad, menos ruido… y una brecha que crece en silencio
El último análisis publicado en VoxEU sobre cómo la inteligencia artificial está afectando a la productividad y el empleo en Europa tiene la virtud de desmontar dos caricaturas a la vez: ni estamos ante una ola inmediata de destrucción masiva de empleo, ni ante una tecnología inocua que simplemente «ayuda un poco». Los datos, extraídos de más de 12,000 empresas europeas, apuntan a algo mucho más interesante: las compañías que adoptan inteligencia artificial registran, de media, alrededor de un 4% más de productividad laboral, sin evidencia de reducción de empleo en el corto plazo.
Ese resultado encaja bastante bien con lo que ya venía comentando cuando defendía que el futuro del trabajo no iba a ser tan abruptamente distinto como algunos imaginan. Las tecnologías de propósito general no «arrasan» de un día para otro: se difunden, se integran mal al principio, generan fricciones organizativas y solo más tarde muestran efectos más profundos.
Pero el dato verdaderamente relevante del estudio no es ese 4%, sino quién lo captura. La adopción es claramente mayor en grandes empresas que en pequeñas, y en países con mercados financieros más desarrollados. No estamos ante una «Europa que adopta inteligencia artificial», sino ante una parte de Europa que lo hace antes, mejor y con más recursos. La consecuencia no es un desplome del empleo, sino una divergencia creciente entre empresas, regiones y perfiles profesionales.
Además, el efecto positivo no proviene simplemente de «instalar inteligencia artificial». El estudio muestra que la productividad aumenta más cuando la adopción va acompañada de inversión en software, datos y formación. Es decir, la tecnología sola no transforma nada: lo que transforma es la capacidad organizativa de integrarla. Esto refuerza una idea que he repetido en varias ocasiones: la inteligencia artificial no solo automatiza tareas, también crea nuevas capas de trabajo humano relacionadas con supervisión, validación y rediseño de procesos.
Además, que no haya destrucción neta o global de empleo en el corto plazo no significa que no esté cambiando la estructura del mercado laboral. El impacto puede manifestarse de forma más sutil: menos contratación de perfiles junior, más presión sobre tareas repetitivas y una prima creciente para quienes combinan criterio, experiencia y capacidad de interacción con sistemas automatizados. No es el despido masivo lo que reconfigura el mercado, sino la evaporación de su primer peldaño.
El patrón, en el fondo, es coherente con lo que sabemos sobre la adopción de tecnologías de propósito general: primero mejora la eficiencia dentro de organizaciones ya fuertes; después, si las condiciones institucionales lo permiten, se difunde más ampliamente. Si no, amplía brechas.
Por tanto, la pregunta correcta no es si la inteligencia artificial «quita empleos»: la pregunta es quién tiene la capacidad financiera, formativa y organizativa para convertir esa inteligencia artificial en productividad. Si esa capacidad se concentra, la inteligencia artificial concentrará. Si se democratiza, la inteligencia artificial también puede hacerlo. Tiendo a pensar, en cualquier caso, que la concentración será inevitable: las mejoras de la productividad tienen un importantísimo factor evolutivo: quienes encuentren primero formas optimizadas de hacer las cosas, modelos del mundo verdaderamente optimizables, terminarán por expulsar del mercado a todos los demás y tenderán a convertirse en monopolios naturales.
Europa no parece estar al borde de un colapso laboral por culpa de la inteligencia artificial. Pero sí está ante una encrucijada más sutil: permitir que el 4% de productividad se traduzca en mayor desigualdad entre empresas y trabajadores, o convertirlo en una oportunidad para rediseñar formación, financiación y organización del trabajo. La diferencia entre ambas opciones no la decide el algoritmo. La decide la política económica y la estrategia empresarial.
