El mito de los neumáticos: la última trinchera contra el coche eléctrico
Durante años, los detractores del coche eléctrico han ido cambiando de argumento con la misma agilidad con la que el debate público iba desmontando sus afirmaciones. Primero fue aquello de que la electricidad «sale del carbón», luego que fabricar baterías era peor que quemar gasolina durante toda la vida útil del vehículo, y ahora, cuando ya no queda mucho de dónde agarrarse, aparece el último recurso: los coches eléctricos «contaminan igual o más» por culpa de los neumáticos, los frenos y otras emisiones no relacionadas con el tubo de escape.
Un mito absurdo, científicamente endeble y convenientemente amplificado por los de siempre, que vuelve a demostrar hasta qué punto hay intereses desesperados por retrasar una transición que ya es inevitable.
La evidencia empírica empieza a ser abrumadora. Esta misma semana, The Lancet ha publicado un estudio longitudinal basado en datos reales, no en modelos ni simulaciones, que analiza la adopción de vehículos de cero emisiones en California entre 2019 y 2023 y su impacto directo sobre la contaminación por dióxido de nitrógeno, uno de los contaminantes urbanos más dañinos para la salud. Utilizando mediciones satelitales del instrumento TROPOMI y contrastándolas con estaciones de medición a nivel del suelo, los autores muestran algo muy sencillo: allí donde aumentan los vehículos eléctricos, el dióxido de nitrógeno baja. No un poco «en teoría», sino de forma estadísticamente significativa y observable en el mundo real. Cada incremento de 200 vehículos eléctricos registrados en una zona se asocia con una reducción aproximada del 1.1 % en la concentración media anual de dióxido de nitrógeno, mientras que el aumento de vehículos de combustión produce exactamente el efecto contrario. No es ideología: son datos.
Este resultado es especialmente relevante porque desmonta uno de los últimos refugios del negacionismo tecnológico. El dióxido de nitrógeno procede fundamentalmente de la combustión de combustibles fósiles, y los vehículos eléctricos, por definición, no tienen emisiones de escape. Las partículas procedentes de neumáticos o frenos no generan dióxido de nitrógeno. Pretender que ambos fenómenos son comparables no es solo incorrecto, es intelectualmente muy deshonesto. Que ahora se intente desviar la conversación hacia esas emisiones secundarias no es más que un intento burdo de cambiar el foco cuando el argumento principal se ha perdido.
Es cierto que los vehículos eléctricos suelen ser más pesados debido al peso de las baterías, pero los trabajos más completos muestran que ese mayor peso no se traduce en un aumento proporcional de partículas totales, y en cualquier caso queda ampliamente compensado por la desaparición de las partículas de escape, que son las más finas, las más tóxicas y las que penetran con mayor facilidad en los pulmones y el torrente sanguíneo. De hecho, el propio estudio de The Lancet deja claro que las partículas de fricción no generan dióxido de nitrógeno y que la reducción observada de este contaminante solo puede explicarse por la sustitución directa de motores de combustión por vehículos eléctricos. Presentar los neumáticos como supuesta «prueba» de que los eléctricos contaminan igual es, por tanto, una manipulación burda: una comparación falsa que mezcla contaminantes distintos, magnitudes incomparables y, sobre todo, ignora deliberadamente cuál es la principal fuente de polución urbana hoy en día. Simples trucos de salón para engañar a ignorantes.
La mejora en la calidad del aire asociada a la electrificación del transporte ya no es una promesa futura, sino una realidad medible. Y, aun así, seguimos escuchando el mismo mantra reciclado en tertulias, redes sociales y columnas de opinión convenientemente patrocinadas: que si los eléctricos pesan más, que si desgastan más los neumáticos, que si al final «contaminan igual». La estrategia es conocida: sembrar dudas, exagerar externalidades menores y generar la falsa impresión de que «todo es igual» para que nada cambie.
Basta mirar lo que ocurre cuando la electrificación se aplica de forma masiva para entender hasta qué punto este discurso es ridículo. El vídeo sobre Shenzhen que circula estos días en X es un ejemplo difícil de rebatir. Una megaciudad china con prácticamente toda su flota de transporte electrificada (autobuses, taxis y vehículos privados) muestra niveles de contaminación atmosférica y de ruido radicalmente inferiores a los de cualquier gran ciudad occidental dominada por motores de combustión. Aire más limpio, calles más silenciosas y, como consecuencia directa, una calidad de vida notablemente mejor. No es un experimento de laboratorio ni una maqueta idealizada: es una ciudad real, con millones de habitantes, funcionando cada día y ofreciendo a sus habitantes una calidad de aire muchísimo mejor.
¿Existen emisiones asociadas al desgaste de neumáticos y frenos? Por supuesto, y nadie serio lo niega. Pero utilizarlas como arma arrojadiza contra el coche eléctrico es una manipulación evidente. Primero, porque esas emisiones existen también, y en muchos casos en mayor medida, en los vehículos de combustión. Segundo, porque la frenada regenerativa de los eléctricos reduce significativamente el desgaste de los frenos y, por tanto, las emisiones. Y tercero, porque incluso considerando esas partículas, el balance global de contaminación urbana sigue siendo claramente favorable a la electrificación, como muestran los datos de calidad del aire en cuanto se eliminan los gases de escape.
La insistencia en este falso debate no tiene nada de inocente. Es la enésima maniobra de una industria y de una cultura, la del «petrolhead«, que ven cómo su modelo se agota y tratan de ganar tiempo a base de ruido mediático. No se trata de discutir cómo mejorar aún más la movilidad eléctrica, que es un debate legítimo y necesario, sino de poner palos en las ruedas, literalmente, a una transición que reduce emisiones, mejora la salud pública y hace las ciudades más habitables.
La ciencia ya no deja espacio para la duda. Los vehículos eléctricos limpian el aire de nuestras ciudades. Lo demás son excusas, distracciones y cuentos diseñados para que sigamos respirando humo, en sentido literal y figurado, un poco más de tiempo.
