Redes sociales: un experimento fallido que deberíamos haber clausurado hace años
A estas alturas deberíamos tenerlo ya muy claro: las redes sociales no son una promesa incumplida, sino un error histórico prolongado artificialmente por intereses económicos colosales. Ya no conectan personas, no informan mejor, no fortalecen la democracia ni aportan valor social alguno que no esté contaminado por vigilancia masiva, manipulación sistemática y un modelo de negocio basado en exprimir hasta el último resquicio de la condición humana.
El juicio que se inició esta semana en Estados Unidos cuestionando el diseño adictivo de estas plataformas y su impacto en la salud mental de los jóvenes llega tarde. Muy tarde. El debate ya no debería ser cómo arreglar las redes sociales, sino cómo dejamos atrás algo que nunca debió crecer e hipertrofiarse hasta este punto.
Las plataformas sociales se han convertido en sistemas permanentes de espionaje comercial. No es una metáfora ni una exageración retórica: es un hecho documentado. Estudios recientes muestran que Facebook e Instagram encabezan de forma sistemática los rankings de aplicaciones que más datos personales recopilan y comparten, muy por encima de lo razonable para un supuesto «servicio social». El análisis publicado en Digital Journal deja poco margen a la duda: las aplicaciones de Meta en particular con Instagram y Facebook a la cabeza en el número 1 y Threads, Meta Business Suite y Messenger en el 3, son literalmente máquinas de extracción de datos que operan con un desprecio casi total por la privacidad de sus usuarios, convirtiendo cada gesto, cada interacción y cada silencio en materia prima publicitaria.
Ese saqueo constante de información no es un efecto secundario: es el producto. Y alrededor de él se ha construido un ecosistema profundamente tóxico, donde el contenido no se valora por su veracidad, su calidad o su utilidad social, sino por su capacidad de generar adicción, polarización y reacción emocional inmediata. En ese caldo de cultivo florecen las estafas que arruinan a personas mayores, la desinformación que manipula elecciones, los discursos extremos que mantienen a la gente enganchada porque enfadan, asustan o indignan, y los supuestos «influencers» que, en realidad, se dedican a la venta desregulada de todo tipo de cosas. Cada segmento de edad tiene su forma específica de ser explotado, y todas son rentables.
El llamado «modelo influencer» es quizá una de las expresiones más grotescas y asquerosas de esta degradación. Lo que se presentó como una democratización de la creatividad ha acabado siendo una fábrica de comerciales sin disimulo, la auténtica prostitución de lo que debería ser la verdadera influencia, donde la autenticidad es una simple pose y la recomendación es, invariablemente, publicidad de todo tipo. Influencers que no influyen en nada salvo en la capacidad de las marcas para colocar productos, algoritmos que premian la superficialidad y castigan cualquier intento de pensamiento complejo, y audiencias entrenadas para confundir relevancia con visibilidad y futilidad. Todo ello sostenido por plataformas que cobran por facilitar esa prostitución generalizada del discurso público.
Frente a este panorama, resulta obsceno seguir escuchando a los mismos directivos hablar de «conectar al mundo» o de «dar voz a la gente». Figuras como Mark Zuckerberg no son visionarios incomprendidos, sino arquitectos de sistemas que han causado daños sociales, psicológicos y políticos perfectamente medibles. La acumulación de pruebas sobre los efectos nocivos de sus productos es abrumadora, y aun así han optado sistemáticamente por mirar hacia otro lado, minimizar los problemas o financiar estudios diseñados para sembrar dudas. Si los tribunales funcionan como deberían, no bastará con multas simbólicas o promesas de autorregulación: hablamos de responsabilidades personales, de indemnizaciones masivas y, llegado el caso, de consecuencias penales.
El argumento de que regular o desmantelar estas plataformas sería «existencial» para Internet es falaz. Internet existía antes de las redes sociales y puede existir perfectamente después. Lo que está en riesgo no es la red, sino el modelo de negocio de unas cuantas corporaciones que han capturado la conversación pública y la han convertido en un mercado de atención vigilado al milímetro. Incluso desde el punto de vista de la competencia, el daño es evidente: Meta sigue defendiéndose en los tribunales para preservar un poder de mercado construido a base de adquisiciones que eliminaron alternativas reales, y los reguladores estadounidenses han decidido recurrir sentencias favorables a la compañía porque entienden, correctamente, que ese dominio es incompatible con un mercado sano. Es momento de desmantelar este complejo industrial y permitir que surjan nuevas alternativas que respondan a otros principios y esquemas de actuación.
Insistir en «arreglar» las redes sociales a estas alturas es como proponer filtros nuevos para una fábrica de veneno. El problema no es técnico, es estructural y moral. Mientras el incentivo principal siga siendo capturar atención para vender perfiles de comportamiento, cualquier promesa de uso responsable será pura propaganda sin sentido. La sociedad debería asumir, de una vez, que las redes sociales tal y como las conocemos son un callejón sin salida, un experimento fallido que ha durado demasiado, y que la única opción es prohibir todo modelo de negocio basado en el espionaje y la publicidad hipersegmentada.
Quizá el verdadero signo de madurez digital no sea inventar la próxima plataforma (pocas cosas me resultan más patéticas que ver a ciertos usuarios creando contenido en la herramienta más reciente, Threads, como si fuera «el último grito», cuando es más de lo mismo), sino tener el coraje colectivo de dejar morir lo antes posible a las actuales. Entender que vivir permanentemente vigilados, manipulados y convertidos en mercancía no es, no debería jamás ser, el precio inevitable de la modernidad. Y aceptar que quienes diseñaron y explotaron este sistema deben rendir cuentas por el daño causado. No es radicalismo: es simple sentido común, aunque llegue con varios años de retraso.
