La iniciativa europea de ecosistemas digitales abiertos no es tan solo una ocurrencia más
Europa siempre ha sido un debate inacabado entre identidad e influencia. Cuando miremos atrás en esta década, es probable que recordemos 2026 no sólo por nuevas guerras culturales o crisis económicas, sino por el momento en que la Unión Europea decidió tomar en serio su propio proyecto tecnológico. Esa decisión se traduce en la reciente consulta pública sobre una Estrategia de Ecosistemas Digitales Abiertos lanzada por la Comisión Europea, cuyo objetivo explícito es reforzar la soberanía tecnológica de Europa frente a una dependencia histórica de las grandes plataformas estadounidenses y otros proveedores fuera de la Unión Europea.
El debate europeo sobre tecnología no es ajeno a la realidad: en sectores como la nube, la inteligencia artificial, la infraestructura crítica o la ciberseguridad, la presencia dominante de gigantes como Amazon, Microsoft, Google y Meta ha condicionado decisiones políticas, económicas y estratégicas. Esa dependencia y su impacto sobre la competitividad, la resiliencia y la seguridad está en el centro de esta iniciativa que, hasta el 3 de febrero de 2026, ha recibido cientos de aportaciones ciudadanas y profesionales.
Reforzar la presencia de tecnologías abiertas no es una cuestión de moda ideológica. El propio concepto de software y ecosistemas digitales abiertos se plantea como un bien público: sistemas que pueden ser usados, inspeccionados, adaptados y redistribuidos sin trabas artificiales que beneficien a unos pocos proveedores globales. Esto no sólo democratiza el acceso a herramientas tecnológicas, sino que también favorece la transparencia, la seguridad y la innovación distribuida, pilares que refuerzan un modelo europeo de desarrollo industrial y social distinto al de Silicon Valley.
Esa idea de «modelo europeo» no surge del vacío: se apoya, directa o indirectamente, en los valores de bienestar social que han convertido al continente en un referente en variables esenciales de calidad de vida. Aunque no hay estadísticas perfectas, y siempre hay matices dentro de un conjunto tan heterogéneo como la Unión Europea, múltiples fuentes coinciden en que el modelo europeo es un éxito frente a otras propuestas: la esperanza de vida en Europa supera a la de los Estados Unidos, con promedios que rondan los 81-82 años frente a unos 78-79 años de los norteamericanos, pese a que estos últimos gastan muchísimo más en salud per capita. Investigaciones más detalladas muestran que, paradójicamente, los estadounidenses más ricos viven menos que los europeos más pobres, un síntoma de que el bienestar social europeo amortigua desigualdades que en América tienden a traducirse en muertes tempranas.
En salud infantil y mortalidad perinatal, otra medición básica de desarrollo, los datos comparativos muestran consistentemente mejores indicadores en la mayoría de países europeos frente a los Estados Unidos, donde la mortalidad infantil y la esperanza de vida continúan siendo peores que en el conjunto de la OCDE pese al mayor gasto sanitario. Estos hechos cuantificables no son anécdota: representan estructuras sociales construidas sobre sistemas de protección pública, un contraste con un modelo estadounidense que tiene lagunas profundas y vergonzantes en cobertura sanitaria, en desigualdad económica y en acceso a servicios básicos.
De forma paralela, Europa ha reducido tradicionalmente su dependencia de la economía de mercado laissez-faire hacia modelos mixtos que combinan el mercado con sistemas públicos robustos. Esa apuesta ha producido sociedades con menores tasas de deuda estudiantil, de pobreza extrema, menor tasa de homicidios, sistemas penitenciarios menos masivos y una mayor presencia de mujeres en la fuerza laboral, entre otras diferencias estructurales con los Estados Unidos. El modelo europeo funciona, y debemos querer más de él, en lugar de plantearnos imitar sistemas claramente disfuncionales como el norteamericano.
La iniciativa europea sobre ecosistemas digitales abiertos no es simplemente un intento de «cortar el cordón umbilical tecnológico» con Estados Unidos (aunque el que ese sea un efecto deseable es evidente), sino un esfuerzo por alinear el desarrollo tecnológico con una visión más amplia de soberanía, cohesión social y autonomía estratégica. Europa quiere, y debe, evitar replicar en lo digital los mismos desequilibrios que lamentablemente caracterizan al modelo estadounidense en salud, desigualdad y bienestar, del mismo modo que debe limitar los excesos de competidores extranjeros que se niegan a cumplir nuestras normas y principios, como el respeto a la privacidad.
Esto es más que una consulta técnica: es una importantísima llamada a reconfigurar la arquitectura del poder tecnológico del continente. Si Europa logra construir un ecosistema digital basado en estándares abiertos, gobernanza transparente y colaboración multinivel, estará dando un paso gigantesco hacia su independencia tecnológica. No porque rechace al mundo, sino más bien al contrario: Europa siempre ha comerciado, dialogado y competido globalmente, pero quiere hacerlo en sus propios términos, con reglas que reflejen sus valores y prioridades colectivas.
Renunciar a ese proyecto por miedo a competir con gigantes globales o por resignación ante su dominio sería aceptar que el liderazgo tecnológico está reservado a quien ya lo tenía. La historia europea demuestra que la innovación social, política y económica es posible precisamente donde hay un proyecto común que trasciende intereses fragmentados. Hoy, la Unión Europea tiene una oportunidad histórica: usar herramientas tecnológicas abiertas para fortalecer un modelo de sociedad que ha demostrado, con hechos y cifras, que produce mejores vidas para sus ciudadanos que el mantra del libre mercado sin fronteras.
Eso es lo que está en juego en este debate. Europa no está pidiendo permiso para reinventarse. Está reclamando que la próxima regla del juego tecnológico sea escrita desde sus principios, no desde los balances e intereses de las corporaciones globales. Fundamental en el entorno tecnológico actual, pero mucho más fundamental para el que viene, caracterizado por la inteligencia artificial. Este planteamiento no sólo es audaz: es, además, necesario. Más código abierto va a ser bueno para todos.
