Cuando los datos gritan y el poder se tapa los oídos
Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Los océanos arden y los negacionistas deciden el destino del planeta» (pdf), y trata sobre una de las señales más claras, más medibles y más alarmantes de la emergencia climática: el calentamiento récord de los océanos y su papel central en la intensificación de los fenómenos extremos que ya estamos sufriendo en todo el planeta.
En el artículo parto de los datos científicos más recientes, que muestran cómo el contenido de calor de los océanos ha vuelto a batir récords históricos, superando incluso los máximos alcanzados en 2024. Más del 90% del exceso de calor generado por las emisiones de gases de efecto invernadero acaba almacenado en el océano, lo que lo convierte en el mejor indicador posible del calentamiento global. No es una opinión ni una proyección, sino una medición directa que confirma una tendencia sostenida y preocupante, y ampliamente documentada por estudios internacionales.
Explico cómo ese calentamiento actúa como combustible para huracanes y tifones más intensos, lluvias torrenciales cada vez más frecuentes y destructivas, inundaciones en regiones que antes no las conocían y olas de calor marinas prolongadas que están devastando ecosistemas enteros. Los artículos recientes que enlazo recogen con bastante claridad hasta qué punto las temperaturas oceánicas han entrado en un territorio desconocido, con consecuencias directas sobre la atmósfera y sobre nuestra capacidad de adaptación.
La columna también aborda cómo este fenómeno no se limita a la superficie del mar. Datos del programa Copernicus muestran que el calentamiento se extiende a capas cada vez más profundas del océano, lo que implica una acumulación de energía a largo plazo que seguirá condicionando el clima durante décadas, incluso aunque hoy mismo dejásemos de emitir dióxido de carbono, algo que claramente no está ocurriendo.
Frente a este consenso científico abrumador, el artículo contrasta la respuesta política de algunos gobiernos, y en particular la de Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump. Resulta difícil imaginar una combinación más peligrosa que la de ignorancia, arrogancia y poder. Mientras la ciencia advierte de la urgencia de reducir emisiones, Trump insiste en calificar la emergencia climática como un engaño, desprecia las energías renovables por considerarlas «demasiado caras» y apuesta por intensificar el consumo de combustibles fósiles, incluyendo petróleo pesado venezolano, uno de los más contaminantes del mundo, como recoge Associated Press en su análisis sobre el impacto ambiental de ese crudo.
En paralelo, su administración ha retirado a Estados Unidos de acuerdos climáticos internacionales, una decisión que incluso desde Naciones Unidas ha sido calificada como un «autogol colosal», y ha mostrado un desprecio sistemático por los organismos científicos y multilaterales, tal y como ha documentado The Guardian al analizar la retirada estadounidense de múltiples instituciones internacionales.
En la columna argumento que el problema ya no es solo climático, sino también epistemológico y moral: cuando los datos son tan claros y las consecuencias tan visibles, negar la realidad deja de ser una simple postura ideológica para convertirse en una forma activa de irresponsabilidad histórica, en lo que podríamos calificar como una estupidez. Cada décima de grado adicional en el océano se traduce en huracanes más destructivos, lluvias más violentas, pérdidas económicas crecientes y un sufrimiento humano que se reparte de forma profundamente desigual.
También intento señalar que la transición energética no es una fantasía cara ni un capricho ecologista, sino una necesidad económica y tecnológica. Persistir en un modelo energético del siglo pasado no solo agrava la crisis climática, sino que supone renunciar a oportunidades enormes de innovación y competitividad. El World Resources Institute ha analizado con detalle cómo las políticas climáticas regresivas no solo dañan al planeta, sino también a la propia economía de quienes las impulsan.
Como casi siempre, el artículo no pretende ser optimista ni complaciente, sino honesto con los datos y crítico con quienes, teniendo capacidad de decisión, optan por el negacionismo y la inacción. A mí me da exactamente igual que Donald Trump intente convertir el escribir sobre la emergencia climática en una especie de supuesta extravagancia hippie: conozco la ciencia, sé interpretar sus datos y entiendo, desgraciadamente, lo que se nos viene encima. Sé que el imbécil no es el que alerta sobre lo que ve, sino el que no entiende la diferencia entre el tiempo y el clima, y el que actúa únicamente en función de barruntos, cortoplacismo y manías personales. El clima no negocia, no vota y no entiende de propaganda. Y los océanos, cada vez más calientes, nos están recordando de forma cada vez más violenta que ignorar la realidad nunca ha sido una buena estrategia.
