¿Vamos a trabajar menos? La semana laboral reducida en la era de la inteligencia artificial

IMAGE: A conceptual illustration showing a large analog clock in the foreground, blending into a split scene where traditional office work fades into a more relaxed, technology-driven future, with subtle visual cues of artificial intelligence and free time coexisting

La idea de que la tecnología liberaría a las personas de la tiranía del reloj ha sido un canto secular de la modernidad. Desde los telares mecanizados de la Revolución Industrial hasta los algoritmos de inteligencia artificial de hoy, la promesa implícita ha sido siempre la misma: producir más con menos tiempo de trabajo. Y sin embargo, la historia real de la reducción de la jornada laboral es mucho más compleja y contradictoria de lo que nos gusta recordar.

En el siglo XIX, jornadas de entre doce y catorce horas eran la norma en buena parte de Europa y América. Fue la presión sindical y la movilización obrera la que empujó a conquistar, tras la Primera Guerra Mundial, la jornada de ocho horas, convertida en objetivo internacional por la Organización Internacional del Trabajo en 1919, y que en España se plasmó tras la célebre huelga de La Canadiense en Barcelona, con la implantación de un máximo de 48 horas semanales. Desde entonces, las reducciones han sido frecuentes pero graduales: de las 48 horas de principios del siglo XX se pasó a las 40 horas en buena parte de Europa en la segunda mitad del siglo XX, gracias básicamente al trabajo sindical, plasmado en legislación y negociación colectiva.

A pesar de estos avances, la reducción del tiempo de trabajo ha sido siempre una conquista social, mediada por sindicatos, leyes y luchas colectivas, nunca un efecto automático derivado de innovaciones tecnológicas. Tanto en Europa como en América, las jornadas laborales se estabilizaron en torno a las 40 horas sin que la productividad creciera proporcionalmente en términos de reducción de horas: las ganancias de eficiencia, durante décadas, se tradujeron más en mayores salarios o mayor producción que en menos horas trabajadas.

Ahora, entramos en una nueva fase de este debate con un nuevo actor: la inteligencia artificial. Artículos recientes explican cómo startups y firmas tecnológicas modernas están utilizando herramientas de inteligencia artificial para automatizar tareas rutinarias, desde la gestión documental hasta la búsqueda de clientes y, como resultado, han permitido a sus equipos asumir esquemas de cuatro días de trabajo por semana sin pérdida de productividad. Líderes empresariales como Jamie Dimon (JPMorgan Chase) sugieren que, a largo plazo, estas tecnologías podrían incluso empujar hacia semanas aún más cortas, y figuras como Bill Gates han especulado abiertamente sobre semanas de trabajo de dos o tres días si la automatización alcanza su potencial.

Sin embargo, la historia reciente enseña también que la idea de «reducción» puede ser manipulada. Un análisis de Le Monde sobre la llamada semana laboral de cuatro días en Francia muestra que en muchos casos esta se traduce en una «compresión» de la semana, es decir, en «hacer las mismas horas en menos días», más que en una verdadera reducción del total de horas trabajadas, con el riesgo de intensificar el esfuerzo diario y agravar la fatiga. Esto debería recordarnos que sin una negociación colectiva fuerte y una regulación que garantice que las ganancias de productividad se traduzcan en más tiempo libre, las reducciones pueden convertirse en meros instrumentos de flexibilidad a costa de las condiciones laborales.

El caso de Islandia es particularmente interesante: allí, entre 2015 y 2019, se realizaron pilotos en los que los empleados redujeron su jornada semanal desde las 40 horas a entre las 35 y las 36 horas, manteniendo salarios y sin pérdida de productividad, lo que llevó a que hoy casi el 90% de la fuerza laboral disfrute de semanas más cortas. Este cambio no fue impuesto por decreto gubernamental: surgió de amplios acuerdos sindicales y de inversión en digitalización que facilitaron que la reducción fuera viable sin coste para la competitividad.

En España, el debate ha tomado también un cariz importante en 2025. El Gobierno, en acuerdo con organizaciones sindicales como CCOO y UGT, ha impulsado una reducción de la jornada legal de 40 a 37,5 horas semanales, aunque la crítica especializada advierte que es prematuro hablar de un «día histórico» y señala que la verdadera transformación a una semana de cuatro días requerirá políticas más ambiciosas. Por otro lado, el énfasis en los mecanismos de control efectivos, en unos tiempos caracterizados precisamente porque muchos trabajos pueden llevarse a cabo desde cualquier sitio y de manera cada vez más flexible perjudica claramente ese debate. Diferenciar los trabajos puramente manuales, que lógicamente deben controlar su jornada, de otros que se basan más en la inspiración o en la creatividad resulta fundamental. Además, regiones como Asturias están explorando ensayos concretos de jornadas de 32 horas semanales, en colaboración con sindicatos y patronal, para evaluar los efectos reales antes de una posible generalización.

La historia de la jornada laboral nos muestra que las conquistas sociales no se producen por el simple avance de la tecnología, sino por la articulación de esos avances con poder político, negociación colectiva y voluntad social. La inteligencia artificial puede ser ahora una palanca poderosa, pero no garantiza por sí misma semanas más cortas ni mejores condiciones de vida. Sin la mediación de agentes sociales fuertes y políticas públicas que distribuyan los beneficios de la productividad, el riesgo es que las ganancias se traduzcan en mayores márgenes empresariales o en despidos, como advierten críticos que recuerdan que los beneficios de la automatización se han visto históricamente capturados por el capital más que por la reducción del tiempo de trabajo.

Si algo enseña la historia es que cada avance tecnológico plantea una encrucijada: cultivar un futuro más humano o reforzar estructuras de desigualdad. En la próxima década, la discusión sobre la jornada de cuatro días será una prueba decisiva de cuál de esos futuros decidimos elegir.


This article is also available in English on Medium, «AI, productivity, and the ongoing fight for more free time«

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