Más allá de Estados Unidos y China: el verdadero tablero tecnológico
Mi columna de esta semana en Invertia se titula «La nueva geopolítica tecnológica ya no va de Estados Unidos contra China» (pdf), y trata sobre cómo el marco mental binario con el que durante años hemos intentado explicar el poder tecnológico global ha dejado de ser útil. La narrativa simplificadora de un mundo dividido entre Washington y Beijing se resquebraja cuando la política internacional entra en una fase abiertamente transaccional, imprevisible y cada vez menos respetuosa con lo que se suponía que eran las reglas compartidas, las mismas que algunos prefieren despreciar abiertamente.
Arranco el artículo con el clima generado por las declaraciones y amenazas recurrentes de Donald Trump en política exterior, desde su insistencia en hacerse con Groenlandia hasta su agresividad hacia América Latina, para subrayar una idea incómoda pero necesaria: Estados Unidos ya no puede darse por supuesto como socio estable y previsible. No se trata de afinidades ideológicas ni de simpatías personales, sino de riesgo sistémico. Cuando un actor central demuestra que está dispuesto a utilizar cualquier palanca, sea económica, energética, tecnológica o incluso militar, como instrumento de presión, todas las dependencias pasan automáticamente a ser vulnerabilidades. El caso de Groenlandia ilustra bien cómo territorio, minerales críticos, rutas estratégicas e infraestructuras tecnológicas forman parte de un mismo tablero de poder.
A partir de ahí, me adentro en la fragmentación silenciosa de la infraestructura tecnológica global: no hablamos de aplicaciones visibles ni de guerras comerciales puntuales, sino de capas profundas: cloud computing, centros de datos, jurisdicción de los datos, modelos fundacionales de inteligencia artificial y estándares técnicos. Es en ese nivel donde se está redefiniendo el poder, mientras el debate público sigue atrapado en titulares superficiales. El mundo se mueve hacia una tecnología menos eficiente pero más controlada, en la que la resiliencia y la soberanía pesan más que la optimización económica.
Una de los claves centrales de mi artículo es que esta nueva geopolítica tecnológica no se está decidiendo solo entre Estados Unidos y China. Países como India, Brasil, Indonesia o Arabia Saudí lo han entendido mucho antes: no buscan alinearse ciegamente con uno u otro bloque, sino maximizar su margen de maniobra. Invierten en infraestructuras propias, imponen requisitos de localización de datos, diversifican proveedores y negocian con las grandes plataformas desde posiciones cada vez más asertivas. No es ideología ni postureo soberanista: es gestión del riesgo en un entorno volátil. Análisis recientes sobre soberanía digital y cadenas de suministro tecnológicas muestran cómo estas economías emergentes están construyendo autonomía precisamente para no quedar atrapadas en decisiones ajenas.
El paralelismo con Europa es inevitable y, sobre todo, incómodo. La Unión Europea dispone de mercado, capacidad regulatoria y peso económico, pero sigue atrapada en la idea de que regular equivale a gobernar. Iniciativas como GAIA-X o los llamados «clouds soberanos» reflejan una toma de conciencia tardía, pero también las enormes dificultades de pasar del discurso a la capacidad real. Mientras otros países construyen margen de maniobra, Europa sigue dependiendo de infraestructuras ajenas, manteniendo una fidelidad absurda e injustificada a uno de los bloques, y confiando en que las normas compensen la falta de estrategia industrial y tecnológica.
Mi tesis final es incómoda a propósito: la tecnología ya no es un sector económico más, sino una infraestructura de poder. En este contexto, no se trata de elegir bando, sino de reducir dependencias críticas y aumentar la capacidad de decisión propia. Si países con menos recursos que la Unión Europea han entendido que la clave está en maximizar su margen de maniobra, resulta difícil justificar que Europa siga confundiendo regulación con soberanía y obcecándose en una supuesta lealtad ciega y no correspondida. Porque la soberanía tecnológica no se proclama en discursos ni se garantiza con reglamentos: se construye con inversión, con visión a largo plazo, con alianzas multilaterales y con una comprensión clara de que, en el mundo que viene, la dependencia es una forma de debilidad.
This article is also available in English on Medium, «When regulation isn’t enough: Europe’s strategic vulnerability in a tech-driven world»
